
En el sur argentino, casi sobre la cordillera montañosa que une el país con su vecino, se guardan un sin fin de accidentes geográficos, geológicos y naturales entre los que se encuentra una zona que desde su institucionalización se denomina “Campo de Hielo Patagónico Sur”. Allí y en sus inmediaciones crece, inmune al hostigamiento incesante del viento, un arbusto espinoso denominado Berbería Microphylla, que en lugar se conoce con el nombre de “Calafate”.
El calafate es una especie siempreverde y perenne, de particular relevancia en la semiótica de la Patagonia. Su fruto, una baya azul similar a un arándano, se cosecha durante unos cuarenta y cinco días a partir de febrero y de él, locales y extranjeros producen confituras y otros enseres comestibles.
También durante febrero, el campo y las gradas del Parque Anfiteatro del Bosque se cubren por completo con la presencia de veinticinco mil almas (los números oficiales informados nunca podrían superar las veintidós mil personas que puede albergar el predio de manera segura, pero la realidad, que muestra una afluencia de público más importante, no sostiene esa estadística). El bello emplazamiento pensado para el entretenimiento y la cultura permite a los asistentes disfrutar del show de artistas nacionales e internacionales que se dan cita aquí para el Festival del Lago Argentino.
El festival, nacido en 2003 como un esfuerzo promocional para la zona, ha crecido en conjunto con la ciudad. Según datos oficiales, la población pasó de 6.410 habitantes en 2001 a 16.655 residentes en el año 2010. A la fecha, se estima que 22.000 personas tienen residencia permanente en el municipio. Esto representa un esfuerzo de infraestructura y recursos que si bien por la escala no debería verse como un desafío, debemos tener en cuenta que toda la naturaleza es artificial por un lado, y funcional por otro. Arboles, arbustos flores y pasto ha sido plantado para cumplir su rol de protector, adorno, andamio o límite físico. Se riega todos los días sin falta o los arboles sufren, el césped se pone amarillo y salvo por el arbusto siempreverde, nada vive aquí. Para una ciudad que tiene una cama por cada tres habitantes, disponible todos los días para el turismo, las inversiones para sostener el consumo de agua, tratamiento de afluentes, arreglo de pavimento y demás obras esperabas y necesarias son seguramente desproporcionadas y quizás por eso el gobierno nacional ha provisto al municipio de la mitad de los recursos necesarios para sus proyectos durante los últimos tres años a través de desembolsos extraordinarios.
El pequeño y estoico arbusto de bayas dulces, como en una leyenda de las tantas de la cultura aborigen sudamericana, da nombre a la ciudad. El Calafate se yergue como muro y centinela de un tesoro natural poco común. El glaciar Perito Moreno es un glaciar muy simpático que tiene el hábito de, cada cuatro o cinco años, brindar uno de los más imponentes espectáculos que la Naturaleza puede brindar. Desde las pasarelas del Parque Nacional Los Glaciares, puede darse testimonio de como el avance del hielo toma paulatinamente la superficie del lago, desplazándolo y sobrenadándolo a su vez, para terminar impactando contra la tierra en la otra orilla, montando a esta última en un abrazo de tierra y agua. Luego de esta demostración de afecto y cariño, como pasa casi siempre, el tiempo y la fricción entre las corrientes del lago, el viento y el hielo, terminan por perforar al glaciar. El resultado interino es un gigantesco puente de agua helada que enlaza el recurso de aquel amor entre dos vecinos que acostumbran a mirarse desde lejos, pero que de vez en cuando pasan una temporada juntos. Finalmente, horadado y erosionado, el arco sucumbe bajo su propio peso en una explosión iracunda que los espectadores humanos en su egoísmo toman por clímax del show. Luego, cuatro o cinco años después, el suceso se repite no sin particularidades incontrolables como que por ejemplo este evento tiene total libertad de ocurrir a altas horas de la noche, cuando el parque está cerrado y no hay nadie mirando. Algún poeta podrá interpretar que la naturaleza también tiene derecho a dirimir sus diferencias en privado y a oscuras.
Francisco Pascasio Moreno (hombre de una vida digna de una película) dedicó toda su carrera profesional al estudio y exploración de la patagonia argentina. En una época muy diferente a la nuestra en términos de comunicación, transporte y confort, Pascasio Moreno deambuló por el sur del continente tomando datos referidos a geografía, demografía y potencialidad comercial para la zona. Sobre todo recolectando y atesorando relaciones humanas con aborígenes, colonos, religiosos y militares, que en el final de sus proezas políticas, fueron centrales. Su afán y empeño le otorgaron un reconocimiento como experto en la zona y a la hora de resolver conflictos territoriales relacionados con su saber, se lo nombro Perito en la contienda legal y argumentativa con Chile. El resultado de su labor fue la “conquista” definitiva de extensiones precordilleranas que, sin su intervención se habrían otorgado al contendiente. No conforme con eso, empeñó el resto de sus días al conservacionismo y la promoción de la creación de Parques Nacionales y reservas naturales. El glaciar que lleva su nombre se encuentra dentro del primero de dichos parque en crearse en el continente.
El territorio correspondiente al municipio de El Calafate se sitúa a cuarenta y ocho kilómetros de la entrada más importante al parque y ha sabido capitalizar esta magnífica obra de teatro natural en todas sus dimensiones. Las alternativas disponibles aquí para relacionarse con la naturaleza y sus personajes son tan amplias como diversas en intensidad. La propuesta más aséptica consiste en observar el glaciar Perito Moreno desde los miradores elevados (uno de los pocos lugares en el mundo en donde esto es posible). Una de las atracciones más comprometidas está en llegar hasta el glaciar en bicicletas cargadas de equipamiento de alta montaña para luego realizar una caminada de una hora sobre el hielo. A mitad de escala, tanto en compromiso físico como temporal, podemos encontrar paseos en camionetas de tracción múltiple por el árido paisaje patogénico o el contoneo en barco por el lago, acercándonos a otros glaciares más tímidos y que sólo pueden apreciarse embarcados y desde el agua.
Todos los espacios de atracción tienen un sólo concesionario, hecho que asegura dos cosas: Por un lado que la conservación de la naturaleza tiene un responsable claro y que asumiría, tras una indeseada catástrofe, la totalidad de la culpa. Por otra parte, los precios y la calidad de los servicios son indiscutibles, se negocian solamente entre el estado y las empresas en cuestión mientras que el público puedo optar solamente por consumir, o no, el servicio que permite disfrutar aquello por lo que se ha llegado hasta aquí.
No hay en el lugar más fuente de ingreso que la “industria sin chimeneas” que habilita la madre tierra. Pequeños emprendimientos semi industriales florecen y mueren siempre encontrando en los turistas su único destino comercial. El brazo que alimenta es grueso y sólido, pero único. Durante los últimos cuatro años, la mitad de los que llegaron a conocer y disfrutar de las maravillas naturales son visitas internacionales que en general están enmarcadas en un paquete turístico de recorrido del territorio nacional que incluye entre otros, los cerros multicolores de Salta y Jujuy, el salto de agua del río Iguazú y la ciudad de Buenos Aires. Estos turistas, blindados de la relación natural con la oferta turística, miran desde los barcos y camionetas vidriadas con muy poca oportunidad para tocar. Preguntados sobre su opinión, en ingles, francés y portugués, se respondió a este cronista sobre la belleza del entorno, lo imponente de los hielos, lo caro de los precios. La visita promedio dura 2,6 días: Se presta atención de manera intensa durante poco tiempo.
El flujo de personas varía durante el año, con un mínimo esperable en las vecindades de agosto, cuando se venden sólo quinientas entradas al parque en todo el mes. El festival musical en febrero, pensado de manera exclusivamente publicitaria, no tiene un efecto notorio en el total de visitantes. Produce sin embargo, un corrimiento en la composición del universo turístico: Hay más turistas propios de la provincia en esos 28 días, quienes provienen de otras regiones del país son menos y baja la participación internacional.
La imagen que un visitante (o este cronista) se lleva después de conversar con las personas del pueblo, los que residen aquí, los que trabajan aquí, es que el número de nacidos y criados cafatenses viviendo en El Calafate en la actualidad no es predominante. Esto es completamente lógico si se tiene en cuenta el vertiginoso crecimiento de la población en años recientes. Luego de intercambiar opiniones con guías de turismo, vendedores en locales céntricos, mozos en restaurantes, jardineros, el personal de los hoteles y de los supermercados, emprendí el regreso a mi ciudad de origen con una colección de relatos provenientes de la provincia de Buenos Aires, Mendoza, Formosa, Corrientes, San Juan, Santa Fe y un NIC (nacido y criado en El Calafate). Todos ellos residentes orgullosos de esta comunidad desde hace ocho años en promedio.
Es difícil cerrar esta crónica. La metáfora no es metáfora, la poesía si la hay, no pretende serlo y los nombres no son inventados. No se ha modificado la identidad de nadie de manera de protegernos. La observación se deshace en comparaciones y lateralidades. Pero todo es. No hay conceptos. Cada elemento, si uno tiene el tiempo es absolutamente metafórico y allí esta justamente lo atroz.
A pesar de ello la metáfora será siempre propia. Como una mancha en el test de Rorschach, habrá quien construya el relato que le quede cómodo con la imagen. Habrá quien vea lo que lo atormenta, lo que lo obsesiona, y también habrá quién se encuentre con sus contradicciones. Los últimos serán los menos.