El ya clásico de Guy Kawasaki tiene algunos capítulos que se ocupan del pitching y las presentaciones.

De las muchas cosas que uno puede leer cuando está pensando en comenzar algo nuevo, seguramente el libro revisado (de ahí el 2.0) del gurú evangelista famoso por participar en la creación del mito de apple estará entre los primeros dos o tres libros necesarios.
Extremadamente enfocado en el ecosistema que se extiende en el valle y las zonas de influencia de San Francisco, quizás el libro no es de aplicación inmediata para quienes no estén considerando o tengan la certeza de que no se mudarán a California, por más soleado que siempre esté. De hecho, las pocas cosas que son universales del libro pueden reducirse a una lista de dos ítems: a) que relación debería un emprendedor tener con su mentor y b) como hacer que la comunicación de nuestra idea no sea un factor que aleja los recursos tan necesarios para comenzar y hacer crecer nuestro proyecto.
Algunos de los consejos (de alguien que ve y da feedback a 350 presentaciones por año) ya están cubiertos de sobra en este blog:
- Usar el texto claro sobre un color oscuro
- Las tipografías sans serif funcionan mejor (mismo artículo anterior)
- El tamaño mínimo del texto debería permitirte escribir sólo 7 palabras por renglón.
Y varios más de ese estilo que si bien cambian el perfil de los slides de algo horripilante a algo que se puede apreciar mientras el presentador realizar su pitch, no dejan de ser el inicio del trabajo y no algo sofisticado.
Hay en el libro sin embargo, y con un hombre como Kawasaki esto es esperable, cierta tendencia a abusar de la marca y aquí es en donde no coincidimos (mal que me pese) con el autor.
En el libro se propone que el logo de tu empresa este en una equina en todos los slides.
Creo que esto finalmente no produce el efecto buscado. En primer lugar un elemento que se repite en todos los slides desaparece luego del tercer cambio. El cerebro sencillamente no lo nota. Por otro lado, nuestro logo, con verlo tres veces, probablemente no sea recordado por una audiencia que lo divisa por primera vez y que además tiene como medio de vida ver proyectos en los que cada uno de ellos tiene un logo diferente.
Achicar el logo y moverlo a la esquina, además, casi que asegura que mi logo será aún menos reconocible y si por esas casualidades de la vida no nos alcanza el genio en el diseño como para replicar la simpleza e impacto de marcas como Nike, Apple, Audi o la ciudad de Madrid, lo más probable es que con la disminución en tamaño también se pierda cualquier chance de distinguir que es lo que hay ahí en el rincón.
Si este ejercicio nos hace pensar acerca de nuestro logo, bienvenido sea, pero es común que esa conversación no tenga toda la relevancia que requiere en el momento en el que estamos diseñando nuestra presentación para levantar fondos.
Como conclusión creo que no suma ni aporta. Ni a nivel literal ni subliminal. Y como no suma, resta. Por lo tanto, a obviar esta parte del libro. Lo digo con humildad pero con muchísimo convencimiento.
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