Parafraseando a de Sade diremos que “nadie se resiste a quien tiene la habilidad correcta… para uno”. Pero también hay que decir que en ocaciones es casi imposible comunicarnos con aquellos con quienes no compartimos sintonía.

En tiempos de Shakespeare, cuando el teatro era una actividad y un espectáculo muy diferente a lo que conocemos hoy, era común ver antes de los espectáculos un pequeño monólogo, que escribía el propio autor de la obra con el fin de centrar la atención de los espectadores en el escenario y exponer las condiciones de borde de lo que se estaba por presenciar.
En la era moderna hemos reemplazado aquel prólogo, las más de las veces, por un pedazo de papel que entregamos a todo cuanto cliente cruza las puertas de la sala para sentarse en su butaca.
Si bien la introducción puede no ser todo lo útil que podría esperarse (después de todo para ese entonces uno ya había pagado y disponía del tiempo) no son pocas las veces en las que falta la información necesaria para determinar si las próximas horas serán tiempo bien invertido o no.
Permítaseme aquí el desplazamiento de la responsabilidad, al tiempo que salgo del ejemplo pictórico, y pongamos atención por un momento en aquel sobre quién pesa el trabajo de comunicar eficientemente. Sea este un dramaturgo, un periodista, un líder de proyecto, un candidato a gobernante o un emprendedor con la misión de cambiar el mundo, comunicar eficientemente suele ser la diferencia entre la vida y la muerte. En el discurso prolijo está la distancia entre 8 y 10.000 funciones. Enredado en el arte de hacerse entender se puede encontrar la explicación de algunos resultados electorales y ciertamente, el origen de mucha riqueza.
Ahora bien, ese proceso requiere de un factor previo: que usted lea, escuche o presencie ese producto comunicacional. No es relevante lo convincente de un email si jamás dejó de estar entre el pilón de los “no leídos”. Poco importa lo bello de un poema si nadie compra el libro que lo contiene. Sintonizar, viajar sobre una onda que nos conecta con el receptor del mensaje es probablemente un arte mucho más importante de dominar que el de la comunicación propiamente dicha.
En sintonía podemos escucharnos, vernos, entendernos. Sin sintonía es todo ruido blanco. Por eso es importante hacer el esfuerzo de dejar fuera de la sala a los no creyentes. No es nuestro trabajo evangelizar. Nuestro trabajo es buscar a las personas en sus oficinas, en sus casas, en sus espacios de recreación y sintonizar con ellos.
Entonces, en ese marco, usted debería leer esto si:
- Esta interesado en crear valor. El valor está compuesto por partes iguales de oferta e historia. La oferta contiene lo duro, la historia lo blando.
- Tiene un propósito que requiere de otras personas. Si su vida es más grande que usted, esto ayuda.
- Su voz debe ser oída. Existen personas que no pueden hacer caber su historia dentro de sus cuerpos. Les explota dentro. El concepto está en perpetua erupción
- Ha encontrado o descubierto (o desarrollado) algo que puede, y debería, cambiar el mundo.
En todos estos casos. Usted debería leer esto. Caso contrario. Deberá esperar fuera de la sala. Ya iremos allí donde está y econtraremos la frecuencia en la que sintonizamos con usted.