El problema de las palabras: casi siempre sobran

Utilizar menos palabras para decir algo es universalmente reconocido como el mejor método para simplificar un mensaje.

Cuenta la anécdota (no verificada) que Ernesto Sábato era un gran docente y que con él al frente de la clase los alumnos disfrutaban de aprender Física en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Nacional de La Plata, Argentina. La anécdota en realidad cuenta que un amigo de Sábato, al enterarse de sus dotes como educador, le pidió al profesor que le explicara, si pudiera simplemente, la teoría de la relatividad.

Se dice que Sábato comenzó explicando que lo que iba a hacer era exponer la teoría especial de la relatividad, y procedió luego a ensayar una explicación en términos prácticos. Habiendo escuchado con atención, el reciente convertido en educando admitió que no había comprendido, y que si el maestro pudiera simplificarlo más, él haría nuevamente un esfuerzo. Luego del segundo intento de Sábato por transmitir uno de los conceptos revolucionarios de la física moderna, su amigo lo interpeló e imploró aún una simplificación adicional. En esta tercera vez, Sábato hizo un especial esfuerzo por poner las cosas de modo que pudiera entenderlo un infante y como consecuencia su oyente, sentado frente a él aplaudió y súbitamente exclamó “Claro! Ahora entiendo!” El físico devenido en escritor, lamentó entonces “Sí, pero eso último, que usted entendió, ya no era la teoría de la relatividad”.

Sin duda alguna, lo que Sábato intentó hacer con cada intento fue contar una historia más corta. Utilizar menos del concepto, ahondar menos en los detalles. Ese es el costo de la simplificación por reducción. Cuando decimos menos palabras simplificamos pero a veces corremos el riesgo de que los conceptos que queremos transmitir se deterioren un poco al punto que nuestro mensaje ya no es lo que queríamos que fuera.

Simplificar mediante este mecanismos sin embargo es tan eficiente que es muy pero muy difícil saltearlo. Siempre sobran las palabras. Como siempre sobran, esta bueno ver cuales sobran e intentar quitarlas del mensaje.

Esta es casi la definición de mi blog, “Como Cincelar”. Cincelar es el arte de dejar marcas, pero es también la manera en la que de un solido como la madera o el mármol se extrae lo que sobra para deja aquello que más importa.

Reducir el número de palabras tiene dos estadios. El primero es quitar, el segundo pulir. En el primer paso uno puede optar por seleccionar y directamente tachar (o borrar) palabras. Si el texto sigue funcionando (quizás no a la perfección, pero sigue funcionando) todavía hay tiempo para pulir un poco lo que quedó. Probablemente los tiempos verbales o quizás parte del mensaje que se haya visto levemente deformado.

Para borrar o tachar palabras no hay nada mejor que siplemente dar rienda suelta a la virtud de extraer. Pero si se necesita más ayuda, se puede optar por los siguientes métodos

  • El idioma español es genial en cuanto los sujetos pueden ser tácitos. Quitarlos muchas veces es efectivo.
  • Las oraciones que empiezan con artículos, a veces no tienen por qué. Las oraciónes pueden empezar de otra manera
  • Los conectores se pueden remplazar por signos de puntuación. Siempre. (“de manera que” se transforma en una coma o un punto).
  • Testear como queda el mismo mensaje sin parrafos completos. ¿Sigue el mensaje presente? Si es así, no hace falta agregar nada.

En ultima instancia, existe la posibilidad de que nuestro mensaje no sea completamente cierto, o específico, o correcto. También le pasó a Sábato como contaba más arriba. El punto no es ese. El punto es lograr ser simples y para eso hay que quitar y pulir. Quitar. Y luego pulir.