El escenario merece que diseñemos la experiencia que el público debe vivir

Las diferencias entre ver una película en un cine o verla en el sillón de casa no terminan en el tamaño de la pantalla o la nitidez y calidad del sonido. Ir al cine comienza al comprar la entrada mientras que verlo en casa no.

En ocaciones aplica la teoría más abstracta de que entre un problema y su solución hay algún objeto. En algunos casos, no aplica. O aplica algo aún más abstracto como que entre un problema y la implementación de acciones para encontrar una solución hay algun “instrumento”.

En nuestro caso particular, nuestra situación a resolver es la aceptación de nuestra oferta, ya sea esta una venta, una oportunidad de inversión o una propuesta de casamiento. En cada caso, hay instrumentos que ayudan en mayor o menor medida a que consigamos ese que tanto se hace desear.

En los casos de comunicación unidireccional en la que nos encontramos en posición de hablar con un grupo de personas explicando nuestra oferta y a la vez realizando la invitación a que el grupo (o alguien dentro del mismo) tome la oportunidad sobre la mesa estamos, como veremos más adelante, sobre un escenario. Ya sea que haya una tarima elevada o no.

Ese escenario es el que debe tener su espacio de diseño de experiencia. La experiencia es la interfaz que articula la relación entre la acción, los protagonistas y el instrumento, que en este caso contiene la oferta en cuestión.

Los componentes de una experiencia están divididos en dos mundos: tiempo y estímulos.

Como en la música, estímulos aleatorios producen una sensación incómoda. Estímulos demasiado separados en el tiempo, o demasiado cerca unos de otros también. La música es la experiencia que surge del arte de organizar sensible y lógicamente una combinación coherente de sonidos y silencios.

Cuando nos sumergimos en el diseño de una experiencia debemos necesariamente tener en cuenta que lo que pasa por el cuerpo del espectador necesita cierto ritmo, cierto arreglo de estímulos e hiatos. Una herramienta útil para esto es el storyboard que usan guionistas y cineastas para delinear la acción que tomará la película. Pero puede resultar al mismo tiempo una herramienta por demás sofisticada para el trabajo que debemos realizar.

Conviene comenzar por el final. ¿En qué estado pretendemos que nuestra audiencia finalice nuestra presentación? Esta es la pregunta más importante a la hora del diseño dado que todo requiere de un contexto y mal podríamos esperar que nuestro público termine entusiasmado si terminamos nuestro discurso con una fábula sobre la moral. De la misma forma, es difícil cambiar abruptamente de ánimo en corto tiempo con lo cual será mejor pensar en cual es la combinación de estímulos que me permita llegar a un estado anímico determinado.

Las experiencias ayudan a retener tanto fondo como forma. De la misma manera permiten fijar Continente y contenido. Para ello es necesario que el recorrido de la experiencia sea fluida y que contenga las diferentes vías de acceso a la memoria.

El ejemplo de acudir al cine es bastante ilustrativo: La experiencia comienza con la decisión de que película vamos a ver (podría comenzar antes, en la organización del día en función y la logística de quienes participemos, pero obviémoslo por ahora), luego, en el año 2016, debemos adquirir las entradas (por internet) y trasladarnos hasta el cine luego.

Ya hasta allí han entrado en juego muchos factores que hacen a la experiencia pero no quiero dejar pasar el tema del cuerpo. El cuerpo y sus sentidos son los que marcan el ritmo de la experiencia. En nuestra ilustración, por ahora, sólo ha tenido que trasladarse. La participación de los ojos y las manos ha sido más protagonista, pero sin el traslado hasta el cine nada tiene sentido.

En el cine el aroma de los pochoclos (palomitas de maíz) se apodera de nosotros haciendo del cine la experiencia que es, de la misma manera en la que los asientos, la oscuridad y el murmullo de la gente hacen a ese proceso tan distinguible.

Me gusta la analogía con el cine principalmente porque el cine es agnóstico del mensaje. La experiencia se completa con el mensaje. Pero a la vez no es nada sin él y lo excede.

El ánimo de nuestra audiencia se nutre de nuestro diseño de estímulos y también de nuestro mensaje. El único error que podemos cometer en este campo es hacer como si el resultado final dependiera de factores únicamente intelectuales.

La dinámica de la experiencia es la que domina la conclusión que saca nuestra audiencia.