Para todo hay reglas y sobre el escenario no es ni de cerca una excepción para esta particularidad social que hemos ido sofisticando como especie.
Una parte de las reglas que suelen aparecer tienen que ver con el formato del evento en el que estamos participando. Por ejemplo, si el evento tiene un podio, probablemente se espere que nosotros hagamos nuestra performance desde ese lugar y no otro. El formato es el que marca cuales son y de que manera, hasta que punto deberíamos respetar las reglas de una oportunidad para transmitir nuestro mensaje y liberar nuestra oferta al público.

En algunos casos la reglamentación tiene que ver incluso con contratos que firmaron terceros, con franquicias internacionales por ejemplo, y que nosotros hemos “prometido” (o al menos eso dice el papel que nos hacen firmar) que velaríamos por esas reglas hasta el máximo que permitan nuestros cuerpos. Este es el caso de los formatos promovidos en eventos de estructura cerrada pero no es raro que suceda en exposiciones que tienen mucha menos visibilidad y trascendencia.
El rey de todas las reglas es sin lugar a dudas el límite de tiempo. Con cada vez más violencia, año a año moderadores y maestros de ceremonia se han visto obligados a interrumpir, cortar el micrófono y hasta escoltar a uno que otro orador que no tenia ganas de dejar de expresarse.
La segunda regla en importancia es, indiscutiblemente, el contenido de los slides y (a veces) las palabras más cargadas que podríamos decir en nuestra presentación. Este es el motivo por el cual tantos organizadores de evento piden el material por adelantado. Cuando, sin el conocimiento de los responsables de la cita, un emprendedor, un político o un vendedor dicen o muestran algo que se asume es de mal gusto para la platea podemos decir con seguridad que esta particular regla, que la mayor parte de las veces no se dice, se ha roto.
Existe, según el evento, un número finito de reglas que hay que observar en cuanto a etiqueta, tono de discurso, intensidad de la oferta comercial, interacción con la audiencia, tiempo máximo de protagonismo y sí, la calidad moral y estética del contenido por nombrar solo algunas de las más comunes. Por lo general no hay demasiada rebeldía entorno a estos temas, salvando por algunos casos en los que las constricciones son tantas que es difícil diseñar una oferta que se pueda contar en esos términos (hay eventos en donde el diseño de los slides es tan rígido que cuesta diferenciar las presentaciones entre sí, y a veces hasta los slides en una misma presentación).
Sin embargo y a pesar de justamente la libertad que hemos dado a nuestra capacidad de limitarnos, encontramos que la efectividad de las ofertas es mejor cuando rompe algunas reglas. No todas, porque eso tiene el efecto inverso, pero si algunas. Los oradores TED que sobrepasan su límite teórico de 18 minutos tienen las presentaciones más vistas. Lo mismo pasa en las conferencias comerciales con la relación con el público, quienes más empujan la oferta son quienes mejor resultado tienen. ¿Por qué?
No tengo la respuesta. Pero tengo una explicación fenomenológica. Cuando alguien rompe una regla en el escenario y su presentación funciona mejor, un componente que se comparte en todos los casos es que la audiencia justifica al protagonista sin que medie permiso ni explicación.
Todos entendemos que las reglas están allí para que nos comportemos, pero más entendemos que si estamos conectados, no nos importa. No importa si una historia extraordinaria se pasa de los 18 minutos. No importa si una obra de arte magnifica es un poco pornográfica. Entendemos cuando la vestimenta no se ajusta a los estándares, si la identidad de la persona que la usa va en eso y no nos parece escandaloso que se escape alguna que otra palabrota en el fragor de un relato apasionado.
El único problema es que no es nuestra opinión la que importa sino la de los verdugos, que siempre están del otro lado, exigiendo entretenimiento, novedad, humor, energía, intensidad.
Es difícil complacer a ese juez, pero es la única manera de conseguir una habilitación para romper las reglas y en los casos en los que verdaderamente importa, necesitaremos romper las reglas del escenario.