El ejemplo es el camino más corto.

La ejemplificación tiene una relación tirante con la comunicación. Es a la vez su lanza más filosa, y su elemento mejor cuestionado

Ejemplificar y explicar tienen un origen parecido. El ejemplo ha sido para mí un elemento de mucho conflicto a la largo de toda mi vida. No sólo en lo profesional sino también en lo más íntimo de lo personal. La ejemplificación tiende a ser la forma en la que intento expresarme de manera más sucinta y por eso, a veces, en las discusiones acaloradas se me cuela.

Galileo, el gran ejemplificador.

Uno de mis amigos de la secundaria escuchó una vez de un profesor, y se lo tomó muy a pecho, que los ejemplos eran la reducción condensada del mensaje que debía realizarse para que los menos agudos de pensamiento pudieran seguir la conversación: por ejemplo, en el caso en el que se trae a la mesa un caso de malentendidos a partir de un ejemplo demasiado complejo o demasiado simple. Mi amigo se ofendía abiertamente al escuchar un ejemplo dentro de una argumentación, “hablame en general que te entiendo igual” decía, y con ello claro, la conversación intentaba volverse más abarcativa y por ende, abstracta.

En ese mundo también aparece la objeción clásica de la utilización del ejemplo. Aquella que protesta que: “…no es lo mismo…”. Y a decir verdad, esto es casi siempre verdad. Un ejemplo que lateraliza la conversación casi nunca es lo mismo que aquello de lo que estamos hablando. Al mismo tiempo la utilidad y la excepcionalidad del ejemplo toman vuelo para desacreditarse al tiempo que se explica.

Todo esto puede parecer muy abstracto pero si lo ilustro con un ejemplo pasarán inmediatamente dos cosas:

  1. Será más sencillo entender el mensaje central al tiempo que la extensión de dicho mensaje se hará inmediatamente menos amplia. Mucho más circunscripta al ámbito del ejemplo en cuestión.
  2. Nos alejaremos del concepto necesariamente y por tanto, estaremos dando por tierra el propio objetivo que buscábamos conseguir. El de movernos más efectivamente y más rápido hacia adelante.

La ejemplificación requiere antes que nada, como es común en estos casos, un terreno fértil para crecer: Quien por caso quiere aprender, recibe el ejemplo como un andamiaje inicial. En un extremo distante a este último, quién se encuentra parado al otro lado de la discusión, recibe el ejemplo como una chicana. Tanto es así que a la hora de buscar ejemplos para poder explicar sus ideas algunos han caído en los más profundos pantanos de la desgracia (como el de la foto que ilustra este artículo).

Nada quita que, a pesar de todo lo antedicho, los ejemplos sean el camino más corto hacia la comunicación. La humanidad ha avanzado hasta el punto en el que está de la mano de quienes pudieron asir ejemplos e incorporarlos a un cuerpo de pensamiento que probablemente era superador (no me canso nunca de hablar del budín con frutas que utilizaba Bohr para explicar su modelo del átomo).

El ejemplo es diferente de aquello que ejemplificamos. A veces es una porción, a veces es una imagen. Nunca es exactamente lo mismo precisamente puesto que es un ejemplo. Esto se soporta puesto que impulsa la conversación hacia adelante. La comunicación se simplifica.

Un buen ejemplo tiene los siguientes componentes.

  • La misma cantidad de elementos que aquello que intenta explicar: Si para ejemplificar un sistema complejo me bastan un par de elementos estoy fallando, al menos en lo que que quiero ejemplificar
  • Una línea clara y única de desarrollo: un ejemplo que se bifurca pierde rápidamente cualquier utilidad
  • Elementos de naturaleza más común que los que se busca ilustrar: Es contraproducente ejemplificar procesos con imágenes menos conocidas.

Con esto alcanza. Luego como decíamos al principio, queda el tema del terreno y su fertilidiad. Ese contexto hay que construirlo, pero ese ya es material para otra oportunidad.