Los momentos de protagonismo son difíciles de tolerar. Como todas las cosas difíciles de tolerar, uno aprende a hacerlo (a tolerarlo).
Me acuerdo la primera vez que me tocó subirme al escenario. Fue en segundo grado de la primaria y el coro, en el cual yo participaba, interpretaría alguna obra que ahora escapa a mi memoria.
Esa fue la primera vez que me subí literalmente a un escenario. Un año antes había bailado alguna danza folklórica frente a toda la escuela disfrazado en lo que considerábamos vestían los trabajadores rurales argentinos de hace unos dos siglos.

Claramente lo que estos dos espacios tienen en común es que si bien uno está disponible para la mirada del otro, expuesto, listo su arte y su práctica para el juicio ajeno, dicha situación se da en un contexto colectivo en donde la fuerza del conjunto permite surfear ese momento de adrenalina de una manera “cuidada” como se dice en el cine, protegida.
Ser el punto focal de atención de un grupo grande de personas (sobre todo si los reconozco como pares culturales y etarios) concatena tres riesgos muy diferentes que querramos o no dan batalla en nuestro interior para, precisamente, salir de la posición de acaparador de miradas y oídos.
- El riesgo de ser excomulgado: Los seres humanos somos muy poco capaces de sostenernos por nuestros propios medios. Sin un sistema que satisfaga un gran numero de nuestras necesidades entramos rapidamente en la desesperación. Durante 170 de los 180 mil años de evolución de la especie, esto significaba confiar en que la comunidad sería ese sostén. El miedo a que la comunidad, muchas veces pequeña, me dejara afuera sin dudas forjó parte de nuesro perfil social.
- La posibilidad de ser la víctima. Los seres humanos dejamos a alguien aislado en pocas oportunidades. El 99% de las veces es una de estas opciones: adulación, asesinato/sacrificio, las dos anteriores. No es raro que nos sintamos incomodos al estar en el centro de la escena
- La chance de conseguir algo y fallar en el intento: Cuando se nos brinda una oportunidad y fracasamos nos quedamos con la idea de que no somos capaces en general. En oportunidades hay expectativas externas (padres, colegas, amigos) y uno carga con eso, antes, durante y luego del momento de protagonismo. Así, las cosas, uno termina prefiriendo no ser el foco del público.
En todos los casos esto está acompañado por la soledad que siente, naturalmente, el protagonista.
Sistemáticamente buscamos alternativas para evitar esas emociones. Nos capacitamos, buscamos reemplazantes, testeamos y re testeamos nuestra habilidad antes de exponernos “de verdad”.
La única respuesta parece estar atada a la actitud contraria. Pensar menos y exponerse más. Aparentemente nada curte tanto nuestra piel como la práctica. Aparentemente esto sólo lo aprendemos a la hora de la verdad. No hay teoría que valga, solo experimentar el proceso una y otra vez
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