Nuestra relación con la comunicación está modulada por lo que hacen aquellos con especial impacto y relevancia. Aquellos que son parte de la excepción. Y su proceso no es buen camino a seguir. Si quieren un buen camino leer hasta el final
Cuando me toca entrenar a diferentes grupos de personas en el arte de pararse frente al público y transmitir una idea, suele suceder hace algún tiempo (gracias a TED y el apoyo permanente de las redes sociales) que ya muy pocos se encuentran con una sorpresa en cuanto a lo que significa presentar o dar conferencias.
Mal que mal todos hemos visto por ahí alguna lista de qué es lo que hay que hacer para realizar una presentación correctamente y tenemos en nuestros bolsillos al menos un manojo de herramientas para enfrentar la tarea si es que nos toca.
Esto incluye, aunque no tenga especial valor, el ejemplo de aquellos que por mérito propio lograron grandes performances y algunos, sostenidamente, muy buenas presentaciones.

El caso paradigmático, para mí, es el de Steve Jobs: Todas las presentaciones de Steve están al menos un 100% mejor que el promedio de los mejores oradores del mundo. Todo lo que sucede en sus presentaciones (a veces incluso los accidentes) tiene un impacto que suma a lo que está queriendo transmitir y conjuntamente con un diseño de experiencia pensado al detalle, logra mantener tensión y atención independientemente de la duración de su puesta sobre el escenario.
He ahí justamente el problema. El carácter absoluto de lo que hace Steve Jobs en términos de comunicación escénica no es común y ciertamente no es replicable. A la hora de la praxis de cualquier actividad, hay personas que manejan un nivel de conexión con lo que hacen que no es algo que podamos conseguir mediante la imitación de sus procesos. Mucho menos de sus desarrollos propiamente dichos. Elegir el camino de imitar a Jobs, ya sea con lo que hace en el escenario como con lo que hace debajo, antes de las presentaciones es similar a mirar un partido de cualquier deporte, encontrar al talento más grande que hay en él y luego proponerse “simplemente” hacer lo mismo, con todos los impedimentos que tenemos nosotros, como neófitos, para describir lo que está pasando tanto en la mente como en el cuerpo del deportista.
Imaginen la situación: Nos informan que debemos participar en un partido de fútbol amistoso. Es importante que estemos. Hay cosas en juego. Negarse no está entre las opciones y como consecuencia nos lanzamos a capacitarnos y así dar lo mejor de nosotros en el día en cuestión. Buscamos ejemplos de personas que juegan muy bien al fútbol y determinamos el siguiente plan.
- Estudiar 3 ó4 partidos de Messi. Los mejores que haya jugado en los últimos 5 años.
- Tomar lista de las maniobras que mejor funcionan y asegurános de incluirlas en nuestra participación
- Tomar nota en internet de lo que dicen las personas acerca de Messi los expertos y obtener conclusiones que no se contradigan entre sí
- Organizar 1 ó 2 partidos de prueba con algunos amigos y patear mucho al arco.
- Vestir lo más parecido a Messi el día del partido.
Supongo que a esta altura ya se vislumbra por donde va la lógica de todo esto no?
Messi y Jobs no son sus mejores 4 performances. Ambos son su promedio y eso tiene altos y bajos, prueba y error y sobre todo, algo que nosotros no tenemos capacidad de hacer, procesos de aprendizaje (cada uno en su campo) imposibles de imitar. Además, la imitación da por tierra con nuestro estilo y como veremos ahora ese es uno de los pocos valores intrínsecos que tenemos.
En mi experiencia trabajando con personas que quieren mejorar su competencia para comunicar desde el escenario, me he encontrado hasta la fecha con 3 perfiles, a los cuales se le suma uno que no he visto en primera persona pero sé que existe. Reconocerse entre estos perfiles, he descubierto, acelera de manera importante la velocidad a la que mejoran las competencias del mundo de las presentaciones y la comunicación desde el escenario. Veamos:
- El perfil determinista: Estos individuos tienden a pensar los procesos de agregado de valor de manera mecánica, y las presentaciones no son una excepción en su vida. Cuando se encuentran con la necesidad/obligación de realizar una charla o una presentación simplemente se dedican a ello con diferentes recetas dependiendo de su formación profesional. La lógica tiene una forma de “Me pidieron una presentación y la hice”. El hecho de que la presentación exista (a veces con la información solicitada, otras no) hace que sus expectativas estén cumplidas. La mayor parte de las personas que consideran que las presentaciones son una pérdida de tiempo se encuentran inicialmente en este perfil, las más de las veces, simplemente porque el tiempo que toma, es considerable. Otra forma de determinar que uno se encuentra dentro de este grupo es que cuando una persona con este perfil decide mejorar su competencia para presentar, inmediatemente surgen preguntas a borbotones, de a cientos.
- El Perfil que es Fan de la herramienta: A estos (entre los cuales me incluyo) también los llamo “utilitaristas” ya que el foco aquí está en relacionarse y vincularse con aquellos elementos que permiten que la presentación se realice. Lo primero que pasa cuando deben realizar una presentación es que se sientan en la computadora y abren el Powerpoint. A medida que pasa el tiempo y el día de la presentación se acerca saben más y más sobre cómo funciona el software, que cosas puede hacer (todo) y que cosas no (casi ninguna). Lo típico es encontrar presentaciones de utilitaristas con sobrada cantidad de animaciones y transiciones entre filminas (en algunos casos hasta agregando sonidos onomatopéyicos en algunos lugares como para aumentar el “efecto). Cuando una persona de este grupo recibe feedback lo único que suele cambiar son los slides y más veces que menos, ese cambio está apuntado a aumentar la cantidad de cualidades involucradas que puede brindar el powerpoint.
- El talentoso: La persona talentosa, por motivos naturales y de historia personal (si uno se pone a hurgar, siempre encuentra la raíz del talento en este campo) dispone de una sensibilidad que, aunque no puede explicar, lo ha llevado a contestarse preguntas en cuanto a sus mecanismos para presentar. Cuando uno entrevista por primera vez a los talentosos se encuentra con dogmas de la comunicación que ya existen, pero ellos lo re expresan con otras palabras, muchas veces adaptado a situaciones específicas. Lo más común que uno escucha tiene que ver con la relación con la gente: Frases del estilo “No, pero así no se ve” ó “con esa cantidad de luz el público se va a dormir” son comunes cuando el que las dice es uno de estos talentosos. Lo normal es que el talentoso a la hora de comunicar se ponga en los zapatos de quien escucha y así se conforme la estructura y el contenido de su presentación. Si uno es talentoso para las presentaciones es fácil darse cuenta: Lo que nos gusta y lo que no nos gusta determina como presentamos. Hay poca racionalidad.
- El Mesías: Ultimo pero no por eso menos importante está este perfil de presentador que hasta ahora no me tocó ver en vivo. Menos que menos trabajar con uno de ellos dado que son estos los que mueven la forma en la que nos comunicamos para adelante. Se escriben libros sobre sus procesos y los profesionales los estudiamos para ver si podemos incorporar parte de su genio. Aquí obviamente está Steve Jobs. Un ejemplo regional (política aparte) es Juan Perón. No hay muchos a lo largo de la historia ni a lo ancho del mapa. Son pocos y aparecen de vez en cuando. Su legado nos persigue y ayuda a comunicarnos durante décadas. Miles los imitan y millones caemos en el hechizo de su mensaje. Del difunto fundador de Apple hasta se dijo que generaba un “campo de distorsión de la realidad” cuando estaba sobre el escenario y no es una exageración. Que no se mal interprete esto por carisma. Esto es el resultado de lo que pasa cuando el carisma crece, se recibe de profesional y conquista Europa. Es mucho más potente que el carisma.
Los dos primeros grupos representan más o menos el 90% de las personas. Mejorar las competencias de comunicación es en cada caso un proceso diferente pero no tanto desde lo necesario, si no más bien de como tenemos que acomodar la cabeza.
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