Hoy estamos preocupados con la generación posmilenial. La generación Z, o K, o como prefiramos llamarla. Sin embargo, más temprano que tarde, la tecnología habilitará una generación con implantes
Mi hijo tiene 2 años. Nació en el año 2015 y no hay nada que haga suponer que si el mundo aún funciona como hogar para la humanidad, no pueda ver el próximo cambio de siglo.
En función del avance de la tecnología, diría que eso debería ser también verdad para mí, que he nacido en el año 1985. Si quisiera llegar al cambio de siglo debería mantenerme vivo hasta los 115. Algo que no parece alocado.

Detonante
Una posibilidad cierta para que eso ocurra es que deba reemplazar en mi cuerpo parte de su funcionalidad biológica por sus alternativas sintéticas y hechas por la mano del hombre (o por las pinzas de una máquina, poco importa).
Sin embargo, mi hijo tendrá la posibilidad de hacer esto mismo como una opción en su vida. Quienes están naciendo hoy verán la posibilidad de un implante con otros ojos y sobre todo, con otra evaluación operativa. Los implantes no son algo nuevo y ya sacamos bastante provecho de ellos. La diferencia con los implantes que vendrán tiene que ver fundamentalmente con la digitalización de su funcionalidad.
No voy a plantear aquí qué cosas deberán importar o qué aspectos cobrarán relevancia porque no es lo que hace la diferencia. Lo que hace verdaderamente distinta la situación actual es la forma en la que nos tomamos este espacio de posibilidad. El implante, para los nacidos a partir de hoy, será probablemente un aspecto poco más discutido que el color de zapatos o la combinación de colores en la ropa. No creo estar haciendo una predicción con esto. Creo sí que es parte de lo que no podremos evitar.
Humanidad
Una de las premisas de mi trabajo en comunicación es intentar volver a la humanidad de la comunicación. Cien años de comunicación industrializada han hecho estragos con las formas que surgen naturalmente, tanto de relacionamiento como de comunicación humana.
La generación actual, por ejemplo, los postmillenials o la generación k, están recorriendo ese camino de forma más o menos espontánea. La honestidad, el compromiso y el cultivo de valores similares son muy importantes para estos chicos.
Pero no puedo sino preguntarme qué pasará cuando los seres humanos tengamos estas capacidades sobrenaturales para relacionarnos entre nosotros. ¿Qué haremos cuando podamos ver en infrarojo y nadar en una realidad virtual superpuesta? ¿Cómo sostenemos nuestra humanidad en ese momento?
Ser humano
Mi primer blog se llamaba «Ser actual», el juego de palabras intentaba burlar el imperativo y el sustantivo de la palabra «ser» y convertirse en algo en el medio.
Nuevamente, qué nos hace humanos no es lo que me procupa. Lo que sí me quita tiempo de procesamiento es el hecho de que el concepto nunca necesitó la flexibilidad que necesita ahora. Ni para los humanos dejar de serlo, ni para los no humanos comenzar a serlo. En ningún caso tuvimos que discutirlo de cerca.
Asimov, en El hombre bicentenario, argumenta que para ser considerado hombre la máquina debe poder morir. ¿Qué pasará entonces cuando los humanos ya no mueran necesariamente?
La próxima generación tomará las riendas de este caballo tan salvaje. No tengo por qué preocuparme. Pero me preocupa.
Rescatar nuestra humanidad puede ser lo suficientemente complejo como para que nos tome todo el tiempo que somos humanos y nos dé permiso para dejar de serlo. Sin poder alejarme de las palabras de Nietzsche ni por un segundo, en la generación que está naciendo están los superhombres del mañana.
Deberíamos empezar a hacernos la idea.