Las chances de conocer gente a la que el título de la charla o el taller le cambia la percepción es tan relevante como la de conocer gente a la que no le importa en lo más mínimo.
Nunca me canso de hacer referencia a la teoría del arte de la seducción cuando hablo acerca de las primeras impresiones y las consecuencias que estas tienen en las personas en las que queremos dejar una marca.

En el campo de la seducción, están aquellos que opinan que lo primero que se dice (el “one line opener”) es determinante para el flujo de la conversación que inicia y hay otros, yo estoy entre estos últimos, que planteamos que salvando algo agresivo o violento, el primer momento es poco indicativo de lo que sucederá en adelante.
En el mundo que hoy domina el email, es decir, casi todo el mundo, la frase que ponemos en el asunto es una de las más importantes a la hora de determinar si alguien va a abrir el mail para leerlo o no. Esto último se cumple siempre que el remitente sea nuevo o al menos desconocido. Si por otro lado el email me lo está mandando mi madre, y no hay un indicio claro de que me esté reenviando algo que le pareció “cool” que a su vez recibió de una amiga, y así hasta el justificativo de por qué no abro esos emails.
De forma similar funciona mi análisis acerca de los “rompehielos” conversacionales. Si quiero hablar, no importa mucho que digas al principio, si soy indiferente no importa mucho que digas al principio, si no quiero hablar, menos que menos importa que digas al principio.
Con los títulos de las charlas podría suceder algo parecido. Quiero decir, si me llama la atención la conferencia de, pongamos por caso, Juan Carlos Lucas no hay mucho motivo para que el nombre sea un determinante, sin embargo, y a la estadística me remito, el nombre termina siendo fundamental.
De esa manera una conferencia que se llama “El feedback mata” tiene una asistencia diferente a otra que se llame “Evitando los problemas del mal feedback” (los invito a pensar en cuál es cuál). Sin que cambie ni e público, ni el disertante, ni el evento en cuestión.
Las primeras impresiones nos tienen medio encarcelados biológicamente hablando. Somos un poco esclavo de nuestra primer reacción. Para que eso sea algo que al menos podamos reconocer se puede optar por alguno de los siguientes caminos
- Vivir la identidad propuesta: de este modo, independientemente de la relevancia de la primera impresión, siempre estaremos en coherencia con lo que estamos ofreciendo
- Estar presentes. Muchas de las primeras impresiones se dan en un estado de ausencia y como consecuencia quién debe opinar, brinda una mala percepción de la relación con nosotros.
- Optar por escuchar. Esa es fácil.
En todos los casos la idea es intentar no tanto modificar lo que proyectamos al mundo con el título de la conferencia sino más bien no producir efectos no deseados.
El nombre de la conferencia importa, pero si tenemos cuidado, no habrá resultados diferentes en elegir uno u otro título para la presentación.